Fotografía de Elio Morales

La aplicación de las dosis ayuda a tener inmunidad de rebaño o colectiva con prontitud. Cuantas más personas estén vacunadas, menos tiempo llevará erradicar la pandemia.

Por Ingrid Cárdenas 

La COVID-19 ha dejado secuelas graves en la salud y ha provocado la muerte de millones de personas en todo el mundo. En 2020 se buscaba desesperadamente una cura y ahora la vacuna es una alternativa para disminuir los efectos de la enfermedad. Detener una pandemia requiere utilizar herramientas de prevención, como las inyecciones, que preparan al sistema inmunológico para combatir el virus. Los cuidados personales, como el uso de la mascarilla, el lavado de manos y el distanciamiento social ayudan a reducir la posibilidad de contraer el virus, pero siempre existen riesgos. La finalidad de la vacuna no es evitar el contagio, ayuda a que la enfermedad no sea grave ni provoque la muerte. De acuerdo con los expertos, tras ser suministradas las dosis, persiste el peligro de contraer la COVID-19, por eso los cuidados deben ser rigurosos. Conversamos con el epidemiólogo clínico y coordinador del Centro de Investigaciones Biomédicas de la Facultad de Ciencias Médicas de la USAC, Dr. Erwin Calgua, sobre la efectividad y eficacia de la vacuna.

 

¿La vacuna blinda contra la enfermedad o solo es un paliativo?

 Es el método más efectivo porque previene la infección. Esto no significa que la persona vacunada no pueda contagiarse, la protección tiene cierto límite.

 

¿Qué tipo de vacuna se utiliza? 

Cada vacuna utiliza diferente tecnología. La primera y más novedosa es la que contiene ARN mensajero, hay otras que emplean vectores virales no replicativos, proteínas, virus atenuados y virus inactivados. En Guatemala se están usando vectores virales no replicativos. El ejemplo que doy es el siguiente: el virus inyectado es un caballo de Troya, adentro se encuentra un mensaje genético que ingresa en las células para que, a través del ADN, no se cree el virus en sí, sino una pequeña porción con espiga genéticamente modificada. Se llama coronavirus porque forma una corona y esta, a su vez, espigas. Lo que utiliza este vector viral del ADN (adenovirus) es prácticamente una porción de la espiga, eso se va al torrente sanguíneo y permite dar inmunidad.

En la vacuna AstraZeneca se utiliza un vector viral del chimpancé, modificado para ingresar y no causar la gripe común. Se llaman vectores virales no replicativos porque no provocan la enfermedad. Lo que se genera es un virus modificado. En ambas dosis se añade el adenovirus 5. En cuanto a la Sputnik V también utiliza un vector viral no replicativo, que no es de un animal. A diferencia de AstraZeneca, en la primera dosis se emplea un adenovirus del ser humano, que es el número 26 (ad26) y, en la segunda, el adenovirus 5 (ad5). La razón por la cual se utiliza un adenovirus 5 es ingresar el material genético que formará la espiga, no ingresa el virus en sí. Hay personas que creen que se enfermarán, pero no habrá ninguna alteración ni tendrán una prueba con resultado positivo tras vacunarse.

 

¿La efectividad es alta? 

En el caso de Sputnik V es del 92 % y en AstraZeneca es de 72 a 76 %.

 

¿Por qué se requiere de una segunda dosis? 

Lo que se busca es potenciar el efecto inmunitario. Pienso que con una dosis se lograba un 50 o 60 %, de acuerdo con el límite que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha determinado como apropiado. Con una dosis alcanza para cubrir los porcentajes mencionados, pero si se quiere lograr hasta un 90 o 95 %, se necesita una segunda dosis.

 

¿Por qué hay efectos secundarios? 

En medicina todos los fármacos tienen efectos secundarios. Tenemos un agente totalmente extraño que lo insertamos en una persona sana, lo cual podría tener alguna consecuencia negativa. El cuerpo humano no es una pieza exacta, algo incluso beneficioso puede causar alguna reacción. Esto es normal, la tecnología o las sustancias pueden provocar alguna reacción.

 

¿Son compatibles las vacunas cruzadas? 

Se están haciendo estudios para determinar si esto puede realizarse. Por el momento se necesita aplicar las dosis de la misma marca. No se trata solo de usar un adenovirus, la eficacia de las vacunas se ha comprobado al aplicarlas en cierto orden, si este se altera no se sabe qué pasaría.

 

¿Después de la vacuna deben continuar las medidas de seguridad?

 Sí, no pueden detenerse aún. Debemos ser muy cuidadosos y continuar las medidas de seguridad, el uso de la mascarilla y el lavado de manos. No podemos bajar la guardia. Esto podría cambiar en circunstancias muy controladas, pero por ahora no.

 

¿Se conoce cuánto dura la inmunidad? 

Eso es algo que solo el tiempo lo dirá. No hay información, apenas han pasado 7 meses y se están realizando investigaciones. En mi caso, en el Hospital San Juan de Dios, hay trabajos multidisciplinarios con un departamento de infectología. Estamos tratando de reconocer cómo responde el sistema inmunitario, pero todavía no hay una respuesta para eso.

 

¿Quienes hayan tenido la enfermedad se pueden vacunar? 

Lo pueden hacer sin ningún problema. Como recomendación, en el caso de personas que necesitan hacerse una cirugía, quizás habría que pedir que se vacunen unos 9 o 15 días antes, para que las reacciones no se confundan con posibles infecciones.

 

¿Cómo analiza la situación actual de la enfermedad?

 Estamos viendo que prácticamente las personas no tienen a donde ir. India acaparó todos los insumos médicos por el volumen de contagios, había dinero para comprar, pero no había proveedores. Hemos hecho estudios en la Facultad de Ciencias Médicas y se determinó que no hay proveedores de materiales, porque los países más grandes se los quedan. La gente no se está dando cuenta de la grave situación a la que nos vamos a enfrentar.

 

Concepto 

La eficacia y la efectividad están relacionadas entre sí, pero no son lo mismo. Los expertos en vacunas dicen que es crucial no confundirlas. La eficacia es solo una medida realizada durante un ensayo clínico. “La efectividad es lo bien que funciona la vacuna en el mundo real”, afirma Naor BarZeev, epidemiólogo de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins.

Por Ingrid Cárdenas

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